Sobre China y otras lindezas

Un conocido cuento chino refiere que un día algunos ciegos discutían sobre cómo era un elefante. Como nadie convencía a nadie, pidieron que les trajeran uno para palparlo. El primer ciego, que tocó una pata del animal, dijo: El elefante es como una columna.

El que tocó el tronco afirmó: Es como una pared.

El tercero, que encontró la cola, dijo que era como una serpiente.

Y reanudaron su discusión. Finalmente el que les trajo el animal les hizo una descripción de manera perfecta para que los tres quedaran ilustrados de la forma que tenía un elefante.

Muchas de las cosas que pensamos, y nos atrevemos a expresar, vienen determinadas por nuestras propias carencias, prejuicios, y visiones parciales.
Nuestra reacción ante China está condicionada en parte por la situación objetiva allí existente, y en parte por los intereses conscientes y subconscientes de nuestra propia educación”, escribió Raymond Dawson en El dragón es un camaleón.

Hace un tiempo Eduardo Punset respondía que el cerebro humano es una cosa que para lo más que sirve es para no pegarnos contra la mesa del pasillo. Lo que subraya su comentario es la soberbia con la que valoramos los productos de nuestro intelecto, eso que llamamos ideas y opiniones. Pues como comentaba Punset, la fuente de toda la avalancha de estímulos, que bombardea nuestro cerebro, no es otra que nuestros mermados sentidos. Vemos poco, oímos menos, y el olfato es casi un recuerdo, si no se trata de olores provenientes de nuestro espacio más cercano. En cuanto al tacto y al gusto mejor no hacer comentarios. La pregunta que cabe hacer es, cómo hace el cerebro para ordenar ese avalancha de estímulos, en algo más o menos creíble, y que podamos denominar “racional”, el más pomposo de nuestros términos. Parecería mejor no ser pretenciosos, y concluir que con que la cabeza nos sirva para evitar la mesa del pasillo, que no es poco, ya ha cumplido su función.

Todas las noticias sobre China, tanto en la prensa nacional, como internacional, hablan del gran poder amarillo, del nacimiento de una nueva potencia mundial, del retorno de un gran imperio etc. Es cierto que muchas de estas noticias también apuntan a los grandes desafíos políticos y sociales, que China tendrá que afrontar en los próximos decenios, aunque en general lo que se transmite es la emergencia de un nuevo poder mundial, el nacimiento de un gran dragón, que engullirá a fuego todo lo que se le ponga por delante.

Un somero repaso histórico permitirá ver que la opinión occidental sobre este gran dragón no ha sido siempre la misma, sino que ha variado según las necesidades y visiones de cada época, y arrojará algunas dudas sobre nuestras propias ideas. El miedo a las hordas mongolas hizo que el Papa Inocencio IV encargara en 1245 a Giovanni del Piano di Carpine, más conocido como el Padre ​Juan, la misión de espiar a la corte del Gran Khan, bajo el pretexto de explorar las posibilidades de su cristianización. Con todo, el más famoso de los exploradores del siglo XIII fue el fabuloso Marco Polo, al que apodaban Il Milione, por su tendencia a añadir ceros a cualquier cifra. Tanto estos viajeros del siglo XIII, como los posteriores de los siglos XIV y XV se referían en sus relatos a las innúmeras riquezas del reino de oriente, el cuerno de la abundancia.

No hay que olvidar que en los textos bíblicos “El Señor plantó un jardín en Edén, en el Este”. En el imaginario colectivo occidental, Oriente siempre ha ejercido una inusitada fascinación. Cuando en el siglo XVI los viajeros occidentales ya no tienen que viajar por tierra y transportar piedras preciosas para su subsistencia, sino que llegan por mar, y no necesitan deslumbrarse ante el oro y las piedras preciosas, cambia la perspectiva, y transmiten otra imagen del Imperio chino. Es la Europa de los grandes descubrimientos y conquistas, quien se enfrenta a un continente ignoto. Serán posteriormente los jesuitas, hasta la abolición de la Compañía de Jesús en 1773, quienes vuelvan a transmitir una nueva imagen de China. Éstos, al relacionarse sólo con el Emperador, y con la clase culta, los llamados letrados o mandarines, pues su objetivo era la evangelización desde arriba, hablan de un imperio utópico, gobernado por los mandarines, los filósofos de la República platónica. El anhelo del intelectual occidental, en esa época representado por los jesuitas, de que alguna vez fuese posible un gobierno de filósofos, hacía ver sus anhelos realizados en el gobierno del Imperio Chino. ¿Pero era realmente la China de los mandarines, la utopía de la que hablaban los padres jesuitas?

Cuando Dawson hablaba de que el Dragón es un Camaleón, se refería precisamente a que China cambia, como todo, según con el cristal con que se la

mire. ¿Las increíbles cifras de crecimiento económico, las maravillosas historias de los nuevos ricos chinos, y toda la efervescencia sobre China, no son acaso el reverso de la moneda del propio desarrollo occidental, necesitado tanto de esa ingente mano de obra, como de una nueva reserva espiritual? El llamado bienestar occidental se ha conseguido a un precio altísimo. ¿Cuál es el precio del bienestar chino? Lo que es cierto es que nadie va a acudir a describirnos cómo es realmente el elefante.

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